jueves, 19 de agosto de 2021

El retorno de los brujos

A Juan Carlos “Pocho” Hornos.


 

Publicado el jueves 19 de agosto en "VOCES". Tal vez sea el primer capítulo del ensayo "IMAGINARIO INSURGENTE" que está recién en la punta del lápiz. Abrazos fraternos Tambero 

 

 

 

El rumor venía de la Avenida Paulista, fue trepando paredes arriba el Instituto del Cáncer del Estado de San Pablo (ICESP) y, finalmente, sacudió la salita de cuidados intermedios. Al entreabrir Veronika el ventanal, los pasos y las voces se hicieron tromba ensordecedora, amenazaban voltear árboles, destruir edificios e inundar las calles. Un huracán social y político.

Frente a la camilla, el televisor pasaba revista a las pancartas, unas exigían el impeachment de Dilma, otras acusaban de corrupción a Lula y su Partido dos Trabalhadores, pero la cámara se detenía, con deleite, en aquellos caminantes que pedían un golpe militar. El fenómeno se reprodujo en 150 ciudades del Brasil. Era el “retorno de los brujos”, ensayo de Jacques Bergier, uno de mis favoritos en la cárcel de Punta Carretas.

En su mayoría lucían piel y rasgos blancos, pero, como decía Pedro Archanjo, eso no quiere decir nada en Brasil, donde la “pureza de sangre” es un absurdo genético. Es cierto que los invasores europeos deseaban preservar la palidez de sus pieles y levantaron barreras para aislarse de las oscuras. Sin embargo, la supremacía blanca que bajó de los barcos, murió en las noches de cama tropical y terminó en infecundo onanismo ideológico. Los colores oscuros son los dominantes en la actual lndoamérica, Mestiza y Colonizada.

En función del lente que medía, el conteo de los manifestantes variaba de uno a más de dos millones de personas. Marchaban por la Paulista ciudadanos de clase media para arriba: las tres cuartas partes con estudios universitarios y más del 80% habían votado a Aecio Neves en el 2014. Estaba presente todo el espectro que va del centro a la extrema derecha, el que sostiene los negocios de los dueños de Brasil, o sea, en lenguaje más prosaico, los mayordomos y el personal de servicio que, en territorio brasilero, vigilan la reproducción del capital mundializado. Era un uppercut de derecha, directo al mentón.



Dilma

A Dilma Rouseff la sometieron al “pau de arará” y otras ingeniosas formas de torturar que usaron los militares brasileros, ingeniosos innovadores en la materia. Una vez salida de la cárcel se licenció en economía, enterró sus rencores y se fue desprendiendo de su pasado guerrillero. Amnistiada por la dictadura, apretó el botón de reinicio y se incorporó al laborismo de Brizzola, otra víctima del militarismo. En los ’90 integró su gabinete en Río Grande do Sul. Primeros pasitos por los senderos institucionales, aquellos que había desechado en los sesenta.

Una década más tarde, Dilma se sumó al Partido dos Trabalhadores, que había irrumpido con fuerza en el escenario político de Brasil. Integró el primer gobierno de Lula Da Silva (2003) en la gestión de Petrobras y Electrobras. Pudo sortear indemne el “mensalao”, o sea, las denuncias sobre las “mensualidades” que recibían los parlamentarios opositores para levantar la mano a favor del gobierno. El escándalo había involucrado los cuadros del Partido de los Trabajadores (PT), especialmente a José Dirceu y Antonio Palocci, dos posibles herederos de la corona encarcelados por corrupción. No corromperse fue la proeza que fortaleció la imagen pública de Roussef y la impulsó electoralmente.

Lula

Lula había sido derrotado por Collor de Melo en 1989 y, en las dos elecciones siguientes, le ganó Fernando Henrique Cardozo. Para salir de perdedor creyó necesario buscar aliados en la derecha para cambiar la correlación entre los partidos. En las negociaciones terminó de candidato a la vicepresidencia José Alencar, ligado a las organizaciones empresariales y muy liberal. Al mismo tiempo, Lula designó ministro de economía a Henrique Meirelles, otro liberal, que estaba ejerciendo la presidencia del Banco de Boston de los EE. UU. Alencar y Meirelles ofrecían garantías de moderación en la política económica de un posible gobierno de Lula. Fueron designaciones definitorias, marcaron el comienzo del cambio ideológico del Partido de los Trabalhadores, el abandono de la marcha hacia la tierra prometida por la izquierda: superar y transformar el capitalismo.

La fortaleza del Partido dos Trabalhadores radicaba en sus bases populares, en los millones de víctimas del Brasil colonizado, cuya necesidad de justicia social era mucho más que un vano discurso electoral: la necesidad de transformar la sociedad surgía de su forma de existir. Lula cambió la perspectiva transformadora y se aboco a solucionar el estado de emergencia que vivía el pueblo brasilero. Por consiguiente, desde que llegó al gobierno implementó políticas dirigidas al crecimiento del poder adquisitivo del salario y a empujar los sectores marginados y excluidos por encima de la línea de pobreza.

Lula designó a Dilma como jefa de gabinete en lugar del defenestrado Dirceu. Quedó identificada con el plan “fome zero”. Fue la “madre del PAC”, el Programa de Aceleración del Crecimiento: los fondos públicos aportarían 250 millones de dólares para incentivar las inversiones privadas en un plan de obras de infraestructura: rutas, saneamiento, puertos, vías ferroviarias y un largo etcétera. También gestionó el programa “Mi Casa, Mi Vida”, que prometió subvencionar la construcción de hasta 3 millones y medio de viviendas para sectores de bajos y muy bajos recursos. Decía Dilma, “cuando uno construye una casa, un conjunto residencial, se necesita ladrillos, arena, cemento, aluminio…quien produjo esos materiales contrató a personas, creó puestos de trabajo, pagó sueldos, se generó ingresos e hizo girar la rueda de la economía” … la rueda que genera plusvalor para el capital.

Los límites

El Partido dos Trabalhadores sacó de la invisibilidad la pobreza. Se propusieron una serie de reformas para erradicarla, pero, por supuesto, para evitar fricciones con los aliados, sin tocar el carácter capitalista de la sociedad. Capitalismo sin pobreza es la expresión que resume la concepción progresista, pero, al mismo tiempo, es un contrasentido absoluto: mientras continúe reproduciéndose el capital, se mantiene la línea de producción de la pobreza, la exclusión y la marginación.

Al proteger la tasa de rentabilidad, pagar puntillosamente la deuda externa y favorecer las inversiones multinacionales, el progresismo se hunde en la ciénaga del conservadurismo. Hace soñar con una sociedad justa y libre, todas y todos iguales, pero no se atreve a impedir que unos pocos devoren al resto de la población. El discurso liberal encubierto que hace el progresismo se limita, en última instancia, a indicar a los lobos cómo y dónde comerse mejor las ovejitas. Imposible eliminar la pobreza y la desigualdad sin transformar el modo de producir. Hete acá el freno al impulso de los progresistas.

Gracias a la moderación y el pragmatismo que le exigían sus aliados, Lula accedió al gobierno, pero no pudo escapar del laberinto en que se había metido. Abandonó el reclamo de expropiar latifundios y transferir al Estado la propiedad de las tierras, para ocupar una silla en la mesa del agronegocio. De la crítica al pago de los servicios de la deuda externa, pasó a privilegiar los intereses de los acreedores internacionales por encima de cualquier consideración social. Colocó un techo político al asistencialismo social: no podía lesionar los intereses de los inversores extranjeros, ni de los dueños criollos de las tierras, las industrias y el capital bancario. El gobierno de Lula fue, de cierta manera y en cierto grado, continuación del modelo desarrollista de Fernando Henrique Cardoso. Lula terminó siendo un operador del proceso de concentración del capital a nivel mundial.

Teniendo la posibilidad de intentar la superación del capitalismo, Lula marchó en dirección opuesta, la de financiar las empresas y los bancos privados desde el Estado, para poner en marcha los “motores del desarrollo económico”, es decir, la reproducción ampliada del capital. Por otra parte, sus medidas de asistencialismo social ampliaron, de hecho, la base del consumo de bienes, otra forma de asegurar la rentabilidad de los capitales. Las reformas de Lula se inscribían en el marco de la economía política capitalista, abandonó la perspectiva teórica de la transformación revolucionaria de la sociedad, su pecado juvenil.

Los burgueses parisinos del siglo XVIII no inventaron la república democrática para acabar con el capitalismo que, de hecho, todavía no había superado sus estadios más primitivos. Faltaba mucho genocidio, mucha esclavitud y mucha rapiña para que capitalismo pasara de la reproducción simple a la reproducción ampliada. En realidad, la posibilidad de elegir representantes parlamentarios fue un privilegio censitario, reservado a los burgueses, y no a todos ellos. Un derecho prohibido a los “sin propiedad”, la forma política de impedir que las masas irredentas pasaran por arriba la revolución burguesa, como ya habían hecho con el poder feudal.

En definitiva, en la eterna batalla de ideas entre la conservación de sistema y los que se proponen transformarlo, los progresismos desarrollan una versión encubierta del pensamiento liberal. Más sensible con las víctimas, es cierto, pero, en definitiva, tan neoliberal como la de los “chicago boys”. Parecen haber venido al mundo para ayudar a soportar penurias, una rueda de auxilio de las religiones.

La finalidad “sesentista” de las izquierdas revolucionarias, la lucha por una sociedad sin clases y sin Estado, la sustituyeron con la fantasía de humanizar las consecuencias sociales de la opresión y la explotación. Una imitación indoamericana de la socialdemocracia y el eurocomunismo: trepados a una especie de mirador, critican las aristas más feas y violentas de la opresión, pero las mantienen vivas. Una especie de “bonapartismo de izquierda”.

Primera mujer presidenta

Inmersa y condicionada por esa atmósfera de regresión, Dilma, la exguerrillera, arrojó al basurero los manuales estalinistas que, con menos de 18 años, había memorizado en “Política Obrera”. No dejó vacío el espacio dedicado a los dogmas, sino que, por el contrario, los rellenó con preceptos liberales, aprendió a pensar y sentir con las reglas que le permitieron navegar en la república parlamentaria. La aureola del regreso al redil favoreció su ascenso a la presidencia de Brasil. Dilma es un ejemplo paradigmático del transformismo ideológico y político.

Fue en esos años que se descubrieron gigantescas reservas de petróleo en las costas del puerto de Santos. En consecuencia, Brasil ascendió a los primeros lugares entre las potencias petroleras, fenómeno que despertó euforia nacionalista. Lula usufructuó el afortunado descubrimiento que también jugó a favor de su jefa de gabinete. En octubre del 2010, Rousseff fue la primera mujer electa presidenta de Brasil.

Al poco tiempo convocó una Comisión para la Verdad, hecho que provocó expectativas en el movimiento de derechos humanos. En diciembre de 2014 se la vio llorar al recibir el informe sobre los crímenes cometidos por los militares. Nada hizo, sin embargo, para anular la ley que en 1979 amnistió a los culpables. Arrogándose, de hecho, la representación de todas las víctimas consolidó la impunidad de los victimarios. El manto de olvido continuó cubriendo las verdades ocultas. El Partido dos Trabalhadores, Lula y Dilma atravesaron un puente que les exigieron atravesar.

Rousseff se había comprometido con una seguidilla de espectáculos estelares: la copa de las confederaciones (2013), el mundial del 2014 y las olimpíadas en 2016. Quería aprovechar la pasión deportiva, para juntar los votos necesarios para ser reelecta. El gasto público requerido para reacondicionar estadios y construir la ciudad deportiva anduvo por los 11.000 millones de dólares. La cifra competía forzosamente con el gasto social del Estado. Se volvió intolerable. Además, la gente sospechaba, con fundamento, que altos funcionarios eran cómplices en negociados con los empresarios que construían la infraestructura.

El 7 de setiembre del 2011, al grito de “paren de robar”, salieron a la calle algunos miles de “indignados”. Fue el arranque de otro ciclo de intensa movilización popular contra el gobierno, pero, no necesariamente contra Dilma, embarcada en la llamada “operación limpieza” de los altos cargos. De todas maneras, no pudo evitar la indignación genérica, que la acompañó hasta que fue destituida. Su talón de Aquiles fue el fútbol, rasgo identitario del Brasil.

El 16 de junio del 2013, en el partido inaugural de la copa de las confederaciones, otros miles manifestaron en las puertas del Maracaná, que había sido remozado al costo de 500 millones de dólares. La policía progresista los disolvió con balas de goma y gases lacrimógenos. Hubo protestas en todo Brasil. Desencantados, los brasileros gritaban contra el aumento del transporte público, de las tarifas y del costo de vida en general, contra la represión progresista.

Para peor, sin nada de inocencia, el juez Moro les tiró encima la Operación Lava Jato. Quedaron sospechados de corrupción Lula y otras figuras de relieve. Según varias encuestadoras, luego del operativo, las simpatías hacia Dilma cayeron hasta un mísero 7%. Por izquierda y por derecha, los indignados no cejaron en su movilización en el 2014. Desencanto y protestas, sin embargo, no impidieron que, a finales de año, Dilma fuera reelecta en el ballotage derrotando, aunque por muy escaso margen, a su rival Aecio Neves, un liberal puro y duro. El electorado brasilero quedó dividido prácticamente en dos mitades, a favor y en contra del Partido dos Trabalhadores. Era el fracaso de la estrategia electoral para los cambios. La desilusión cundió en la militancia “petista”.

Dos días antes que la derecha tronara en la Paulista, la CUT y otras organizaciones sociales convocaron una concentración masiva en respaldo de Dilma. La indiferencia fue el síntoma más grave de las varias enfermedades que aquejaban al progresismo. Parecía agotado su poder de convocatoria. Las calles quedaron libres para la derecha. Las alianzas posibilitaron tres victorias electorales, pero a la larga fortalecieron a las élites en la misma medida que debilitaron el movimiento popular. El fenómeno no fue tenido en cuenta por los progresistas, que continuaron a paso cansino, camino al precipicio. La mesa estaba servida y los comensales con mucho apetito.

Desacumulación

Dilma designó ministro de economía a Joaquim Levy, presidente hasta entonces de BRADESCO, uno de los bancos más poderosos de Brasil. Toda una definición política e ideológica. A poco comenzado su mandato, con un decreto presidencial, Dilma recortó el presupuesto en 26.000 millones de dólares. Su mayor preocupación parecían ser las cifras negativas del déficit fiscal y la opinión de las calificadoras de riesgo. La macroeconomía, una abstracción, en última instancia, le importaba más que la microeconomía, muy concreta, la del bolsillo popular.

El recorte fiscal fue un tiro en el pie. Los movimientos sociales dejaron de sentir suyo el gobierno, que quedó prisionero de la negociación con los delincuentes que eran sus aliados electorales. Prosternarse no había sido suficiente. No le perdonaban sus pecados juveniles. La gesta guerrillera se negaba a soltarla, sobrevolaba en cada actitud, gesto o discurso suyo. Por otra parte, a los poderes les interesaba mantener vivo su pasado de enemiga de la república. Era el flanco más débil, el que golpearon sin piedad. La sometieron a insultos y presiones: en su discurso a favor de la destitución, Jair Bolsonaro se deleitó elogiando los verdugos y felicitó al coronel Brilhante Ustra, el torturador de Dilma.

Vicepresidente de la república y aliado mayor del Partido dos Trabalhadores, Michel Temer lo hirió con puñalada trapera. Apenas pasado un año de la marcha por la Paulista, Temer encabezó la coalición de senadores, un 60% del total, que destituyeron a Dilma. Se apuró a ocupar el vacío presidencial. Al quitar de en medio los amortiguadores progresistas, poder y gobierno quedaron en manos de sus únicos dueños que, al toque, se arrojaron a saco sobre la masa salarial. Fue un golpe de Estado contra el pueblo trabajador.

Un golpe dado en el parlamento, por acuerdo entre la derecha liberal y los devotos del terrorismo de estado. Las fuerzas armadas no tuvieron necesidad de intervenir, ni de disolver las cámaras y florearse sable en mano. Bastó con distorsionar los mecanismos constitucionales y legales de la república democrática, esos que enmascaran la violencia cotidiana de la opresión. Aplicaron técnicas siglo XXI para el golpe de Estado, las que sustituyeron las de Curzio Malaparte y la Escuela de las Américas.

Para difundir viejas triquiñuelas semánticas contaron con el auxilio del juez Moro y de “O Globo”, que hicieron ver un acto de justicia en el golpe. Otra era la realidad: no necesitaban más la amortiguación de Lula y Dilma y los despidieron sin indemnización. La opinión pública se corrió a la derecha, acompañando los medios de comunicación y a los parlamentarios y, finalmente, una clara mayoría electoral eligió presidente a Jair Bolsonaro el 28 de octubre del 2018. Durante sus siete periodos como diputado, había exhibido públicamente sus ideas. Nadie podía ignorar que reivindicaba la dictadura militar, que insistía en considerar instrumentos legítimos la tortura y las desapariciones forzosas. Los casi 58 millones que lo votaron conocían su perfil.

Fueron 15 años de gobierno del Partido de los Trabalhadores. Un plazo harto prolongado para que las mayorías comprendieran los beneficios de las políticas del progresismo, para que rechazaran visceralmente el militarismo. Ello no ocurrió. Lula no logró que sintieran el mismo “no va más” que puso fin a la dictadura. En cambio, al parecer, la moderación y el pragmatismo nublaron el horizonte y ablandaron la estaca, debilitaron los ánimos. La adopción de ideas liberales creó mucha confusión y ayudó el ausentismo en las calles. Se desacumuló lo acumulado en la lucha contra la dictadura, la regresión ideológica facilitó el retorno de los brujos.

Acumulación

La victoria electoral de Bolsonaro inició un proceso de acumulación de fuerzas en torno a las ideas, valores y concepciones del partido militar. El militarismo lanzado a la conquista de la hegemonía. Su propósito declarado es suprimir el “marxismo cultural” que, según ellos, domina las organizaciones populares, la educación y otros aspectos de la vida social. No se salva ni la izquierda vestida de seda.

Su ideal es el Estado-Cuartel, la sociedad sometida al ordeno y mando, a una rigurosa disciplina militar. Quieren hacer del Brasil un país “ordenadito”, socialmente estático, sin lucha social, sin feminismos y, mucho menos, con LGTB movilizado. Para adocenar revoltosos, Bolsonaro promueve la pena de muerte y el derecho de los terratenientes a usar las armas contra los sin tierra.

Cuatro décadas pasaron desde que los pueblos se cansaron de obedecer órdenes sin sentido y empujaron la retirada de las dictaduras. Tiempo suficiente para que el partido militar revisara y corrigiera su modo brutal de hacer política. Aprendió a moverse con modales políticamente correctos. Ahora se limitan a exhibir sus armas sin dispararlas o, por lo menos, sin usar el poder fuego como en los ‘60. Atemorizan con la memoria de la barbarie y la impunidad actual.

¿Bolsonaro dice y hace cosas de energúmeno? Por supuesto, pero ¿cómo se caracterizaba a Mussolini o a Hitler? Los disparates de Bolsonaro, repetidos hasta el cansancio, van anestesiando sensibilidades, acostumbran los oídos a los diez mandamientos del militarismo, arrean la opinión hacia el horizonte reaccionario. Es la estrategia de Goering.

No solamente acumulan en el plano de las ideas, lo hacen en músculo contante y sonante. Veintidós militares integran el gabinete ministerial de Bolsonaro. Además, en el 2020, 6.157 oficiales desempeñaban funciones en la gestión de gobierno, muchísimo más que los 2.765 del 2018, el año de Temer. Más aún que los que ocuparon cargos estatales en la dictadura. Son cifras que cuantifican su dominio del militarismo sobre el aparato del Estado.

En los últimos días, tanquetas y carros de combate desfilaron por Brasilia y entregaron a Bolsonaro una invitación a sus maniobras militares. El presidente los esperaba junto a los tres comandantes en jefe de las fuerzas armadas. Simbolismo puro. En Indoamérica, pero, especialmente en Brasil, el partido civil del “orden” está abrazado y confundido con el partido militar.

En Brasil las milicias son parapoliciales. No obedecen la cadena de mando. Las integran soldados, policías y bomberos, retirados y en servicio. Actúan con autonomía, se auto financian con negocios inmobiliarios, venta de seguridad y hasta de energía eléctrica. Controlan alrededor de 100 favelas. Constituyen una especie de extensión irregular del Estado. Han sido reiteradamente denunciadas y probadas sus vinculaciones políticas y financieras con el clan Bolsonaro. Es su fuerza de choque, la que está bajo sospecha en el asesinato de Mireille Franco.

Los motoqueros son otro círculo concéntrico del apoyo organizado al golpismo. Bolsonaro encabezó varias de sus demostraciones. No usan camisas pardas ni negras, pero se parecen demasiado a aquellos que metían miedo en la Alemania de Hitler o en la España de Franco. Son la fuerza de choque del militarismo.

Bertolt Brecht

En la misma medida que atemoriza, el disparatero bolsonarista cosecha repudios: hasta “O Globo” y el juez Moro tomaron distancia. Las multitudes que desfilan por la Paulista ahora son pueblo en movimiento y exigen que se vaya Bolsonaro. Más por rechazo al energúmeno que por virtudes propias, Lula da Silva puede ser el próximo presidente. Llegará embanderado con las mismas reformas de antes, meros parches a la situación de los menesterosos, nada de transformaciones de fondo. El desenlace de esta segunda oportunidad ¿será el mismo que en la primera? ¿otra vez el freno ideológico y la alternancia electoral?

El Partido dos Trabalhadores deberá enfrentar las fuerzas acumuladas por el militarismo organizado. Situación parecida vive Pedro Castillo en Perú. El grado de “contundencia” del partido militar brasilero no lo registran las encuestas de opinión pública. Tampoco está registrada la anuencia ideológica del Departamento de Estado, cuya mira apunta a Iberoamérica para competir con China. Son fuerzas suficientes para provocar y obligar resistencias populares, como las de Chile y Colombia.

La antesala de los golpes de Estado en Indoamérica fueron los atentados de grupos fascistas organizados. Ahora, el bolsonarismo, el fujimorismo y el uribismo cuentan con una capacidad de acción mucho mayor que la de aquellos grupos de los ‘50. Las circunstancias parecen ser más graves que las del siglo pasado.

Por supuesto, las similitudes del proceso en Brasil con otros de Iberoamérica son pura casualidad. Con Uruguay, en particular, donde reina una “democracia de altísima calidad”, según afirman los poetas de la politología. Sin embargo, como ya sucedió con harta frecuencia, cuando Brasil traza una senda, se oscurece la bola de cristal de las ciencias políticas institucionalizadas y el futuro se decide en los casinos de oficiales. Un análisis fino de la coyuntura uruguaya necesariamente debe considerar la sombra amenazante de la fuerza paraestatal organizada en Brasil.

El retorno de los brujos trasciende fronteras, contagia reaccionarios en toda Indoamérica, particularmente en los centros militares. La impunidad y los pactos de silencio entre civiles y militares dan solidez al discurso tóxico, patriotero y antipopular que antecede a la guerra que vendrá. Hacen mal los progresismos en olvidar el poema de Bertolt Brecht, el que desoyeron sus contemporáneos…y así les fue.

Todo parece indicar que amanece un nuevo 1968, con el arriba apretando tuercas y el abajo sin muchas alternativas, empujado a ocupar plazas y avenidas, el territorio de su libertad. El 22 de marzo de 1963, un lustro antes del ’68, Raúl Sendic Antonaccio pronosticaba en el semanario “El Sol”: “Hoy día podría dar más garantías individuales un revólver bien cargado que toda las Constitución de la República y las leyes que consagran derechos justos. Esto debemos entenderlo antes de que sea demasiado tarde"

Jorge Zabalza







jueves, 15 de julio de 2021

"Ingobernables"

publicado el 15 de julio 2021 en el Semanario VOCES
 

por Jorge Zabalza



“Los orientales son ingobernables”, sentenció el coronel, metió violín en bolsa y renunció al cargo de dictador infame. Ingobernables por el látigo y el cepo, ingobernables para los autoritarismos en todos sus grados y las tiranías en todas sus formas. Bien que se saben gobernar a sí mismos los orientales, como lo hicieron cada vez que las circunstancias lo exigieron, como en 1980, en el plebiscito del mudo y masivo acuerdo contra la dictadura. Una vez más la brutalidad viene desde el vértice, porque… ¿de qué otro modo se puede calificar la imposición, de “pesado”, de esa ley de urgente consideración? En ciertos momentos, los buenos modales dejan de servir a los dueños del poder, comienzan a apretar las clavijas suavemente, estiran al máximo los mecanismos de la dominación pacífica, van descubriendo que algunos ofrecen la otra mejilla y que otras y otros ocupan las trincheras de la resistencia. ¿No es algo así lo que está ocurriendo?
Ahora y saben que 800.000 voluntades se oponen a las suyas. Ahora desplegarán su fuerza política para impedir que deroguen su tan preciada ley portaviones. Habrá que resistir una vez más. Por supuesto, los oprimidos no abandonan las vías pacíficas por voluntad propia. Preferirían, por supuesto, quitarse las cadenas mientras toman mate en la cocina.
Son los dueños de todo quienes recortan los espacios a la expresión pacífica de los dueños de nada, los que, paulatinamente, van provocando reacciones airadas del abajo que se mueve, dejándolo sin alternativas, hasta que al magma no le queda más salida que la erupción, sea cómo y dónde sea. En este islote de la poesía liberal, muchos creen que “nunca más” habrá golpes de estado, hacen abstracción de la lucha de clases, de su historia, de las imperiosas necesidades de los dueños del Uruguay, de su interés vital en reproducir y ampliar el capital, sin importarles sus consecuencias sociales, la reducción de la masa salarial y la producción en masa de la marginación y la exclusión.
Sin embargo, quienes conocen la historia iniciada en 1958, la que iniciaron Echegoyen y Nardone, la de los grupos fascistas y la primera Carta de Intención con el FMI, ponen las barbas en remojo, están alertas y preparan su espíritu para lo que pueda venir. Los golpes no se pueden detener cuando los tanques ya ruedan en las calles, sino antes, cuando el autoritarismo muestra sus pezuñas y va trepando la cuesta de la represión violenta hacia el terrorismo de Estado.

La atropellada baguala desconcertó a dirigentes y parlamentarios frenteamplistas que quedaron como anestesiados, mirando para la fiambrera. La Mesa Política rechazó todo el contenido de la LUC por “inoportuno, inconstitucional y antidemocrático”, pero los parlamentarios, inusitada e incomprensiblemente, terminaron por aprobar el 50% del articulado. Confiaron en las acostumbradas negociaciones y transas de pasillo, en los discursos de salón, modificaron la superficie, es cierto, pero dejaron intacta la sustancia de clase de la ley contra el pueblo trabajador. No confiaron en las reservas espirituales de nuestro pueblo, en su espontaneidad para movilizarse y luchar.
La gruesa contradicción trajo desavenencias, reproches y parálisis en el Frente. La voluntad popular de luchar contra la brutalidad debió asumirla la Intersocial. La iniciativa de impulsar el referéndum fue de FUCVAM, la FEUU, el movimiento feminista y el movimiento sindical. El mayor acierto del partido opositor vino de las bases sociales y no del núcleo de dirigentes partidarios.
Los artículos 135 y 136 (que modifican el sistema de educación técnica y terciaria) y los 235 y 236 (que fija nuevos mecanismos para fijar el precio del combustible), despertaron más contradicciones internas en el Frente. Cuatro artículos que la bancada parlamentaria entendió que iban en la “dirección correcta”, mientras que el movimiento social los sintió como un agravio y consideró que era urgente derogarlos. En realidad, en los 341 artículos restantes hay otros sapos que pasaron inadvertidos y la militancia debió tragar. La conciliación y el pragmatismo obstaculizan la lectura correcta del modo de pensar de la masa que dicen representar. Abren rumbos divergentes, las bases sociales toman un camino y los que hacen política en el Palacio Legislativo emprenden el otro.

En los últimos quince días la iniciativa del referéndum trascendió las fronteras de lo organizado y, por decisión propia, miles de mujeres y hombres salieron a recoger las firmas que faltaban. Lo lograron en exceso. Un fenómeno similar al ocurrido en al ballotage de noviembre de 2019, cuando una espontánea movilización de base elevó al 49% el caudal electoral del Frente, superando con luz el 39% alcanzado un mes antes.
La capacidad militante demostrada en los hechos deja planteado un interrogante básico: ¿la participación directa fortalece la democracia representativa como se está sosteniendo o, por el contrario, la deslegitima y plantea otras formas de luchar? ¿No será que preciso confiar más en esa reserva anímica de rebeldía y proponerse pasos más audaces y menos institucionalizados?
Los acontecimientos políticos en toda América La Pobre están confirmando que los pueblos en movimiento son el único freno capaz de detener las ínfulas autoritarias y neoliberales de las actuales fuerzas reaccionarias. Incluidas las más violentas. Es la lección que se recoge de Haití, Chile, Bolivia y Colombia. Lecciones que conducen a pensar cuestiones más profundas: ¿hacia dónde se orienta el esfuerzo militante? ¿hacia la cosecha de votos? ¿a la acumulación de cabezas pensantes? Seguramente, hoy día una izquierda tipo “sesentista” no ganaría elecciones ni mayorías parlamentarias, pero es seguro que produciría montones de mujeres y hombres con clara comprensión de las necesidades históricas reales, verdaderas columnas de la lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad. Un caudal ideológico y político capaz de iluminar la oscuridad. Para ganar elecciones se dejaron por el camino muchas cosas: en aras de cosechar votos se renunció a todo, incluso a la anulación de la ley de impunidad. La moderación y el pragmatismo nos dieron el 2005, pero… ¿cuánta confusión produjeron? ¿el transformismo no será el motivo de la cada vez mayor distancia que separa el parlamento de las bases sociales?
Bueno, llegado a este punto, quisiera dejar aclarado algo: me sentí convocado por el grupo “Maestras No a LUC” y participé de en la “Coordinación Oeste contra TODA la LUC”. Sigo pensando que, al acto agresivo que es la LUC, se le debería haber respondido con la derogación de ese portaviones legislativo.
Ahora se viene una gran batalla política contra este gobierno del agronegocio, de los latifundistas y las empresas extranjeras, para librarnos de una economía tutelada por las calificadoras de riesgo, que recorta el gasto social para reducir el déficit fiscal y pagar los servicios de la Deuda. Habrá que enfrentar el sesgo ideológico que el gobierno adopta en el campo internacional. Defender al pueblo revolucionario de Cuba.

La LUC fue una grosería. El primer eslabón de la cadena de groserías contra el pueblo: la seguridad social, las desmonopolizaciones que crean monopolios privados, el respaldo político y jurídico a la represión, el cerco a las huelgas de las y los asalariados, etc. No se va solamente por 135 artículos de la LUC, vamos contra el gobierno. Ya suenan los tambores en la torre ejecutiva, auguran la puesta en marcha del proyecto político de cuño liberal contra el pueblo.
La respuesta también está en marcha, se movilizan los trabajadores de la pesca, los de OSE y, desde Bella Unión, como en tiempos pretéritos se vienen los peludos en la defensa de ALUR y la producción de caña de azúcar (que en asamblea popular resolvieron “bajar” a Montevideo y acampar frente al Palacio el 19 de Julio). Todas y todos los ingobernables estamos autoconvocados a resistir el embate. Habrá que mantener encendida la llamita.






miércoles, 19 de mayo de 2021

Vela de armas

 

"VELA DE ARMAS", escrito por Jorge Zabalza es un prólogo a "MARIO ROBERTO SANTUCHO" biografía escrita por Daniel de Santis, que salió a la venta en primera quincena de abril del 2021. Reitero el agradecimiento a Daniel por la oportunidad de escribir tan cerca de quién encabezó el movimiento guerrillero tal vez con mayor desarrollo político militar en América Latina.

 

 

 
 

La matanza al por mayor instaló el difuso temor a sufrir más desapariciones, asesinatos, violaciones y torturas masivas, a quedar nuevamente desprotegidos ante la violencia irracional de las instituciones. Las secuelas del terror aún perduran y, de una u otra manera, ayudan a resignarse, a la desmovilización y la disgregación. Elemento subjetivo y vaporoso, pero con efectos muy prácticos a la hora de decidir. Cuando se descarta la insurgencia organizada y se opta por la paciente espera, ¿cuánto pesa el temor en la decisión?

Las fuerzas populares fueron derrotadas, es cierto, y su derrota marcó a fuego el ciclo postdictaduras, el de las democracias formales con hegemonía liberal. Sin embargo, con el orgullo de haber sido y la vergüenza de sobrevivir, ahí seguimos, arañando las paredes, sobreviviendo, regando las plantitas del jardín. Ni liberales ni progresistas pueden conciliar la fuerza de trabajo con los propietarios del capital. Misión imposible. Histórica incompatibilidad. Por mucho 5G que consuman las y los asalariados, la lucha no se detendrá hasta la eliminación de las clases sociales, hasta instalar formas de poder popular y de gestión colectiva de la producción planificada. El antagonismo irreconciliable es el alma de la lucha de clases, empuja desde el subterráneo, no deja dormir la paz de los sepulcros.

Porque la causa de los pueblos no fue derrotada ni se rindieron las ideas revolucionarias. Sobreviven como pueden, en las grietas de los muros derrumbados, cercadas por restauraciones varias, resistiendo apostasías de los que ya no son. No alcanza con sobrevivir, sin embargo. Sólo tiene sentido la sobrevida si sirve para recrear espíritu e imaginario similares al que abonó la lucha revolucionaria en el mundo de los ’60.

En el actual clima de apología a la democracia liberal, el pensamiento de Mario Roberto Santucho rompe esquemas y emplaza a la reconstrucción, ayuda a sortear las trampas del laberinto, a descubrir nuevas perspectivas, a pensar en la necesidad de prepararse para navegar con el pampero en contra. Bienvenido, entonces, este nuevo libro de Daniel De Santis. Es trascendental rescatar las ideas y el modo de pensar del fundador y principal dirigente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). No sólo como datos para el relato histórico, sino que se recuperan ingredientes esenciales para la recreación de nuevas referencias revolucionarias. Es la magia que necesitan estos tiempos de velar armas para renacer.



Los agrupados con Francisco René y Mario Roberto Santucho, que fundaron en 1961 un movimiento con intenciones revolucionarias, lo adjetivaron “indoamericano”. Una definición ideológica central que, por lo general, pasa desapercibida cuando se analiza la epopeya del PRT-ERP. El continente no es iberoamericano ni panamericano y es más que dudoso que sea latinoamericano. Usaron a propósito el término “indoamericano”, acuñado por el mexicano José Vasconcelos y luego resignificado por José Carlos Mariátegui. Reafirmación del carácter de invasión sangrienta, del estupro financiado por el capitalismo europeo. En rechazo del engañoso “encuentro de dos culturas”, camuflaje que oculta el holocausto más grande de la historia humana. El Frente Revolucionario Indoamericano Popular optó por interpretar nuestra historia a la luz de los cinco siglos de resistencia indígena a la cultura, la religión y la dinámica del capital.

Mientras que el estalinismo criollo miraba hacia Buenos Aires, los Santucho sostuvieron que la lucha por la liberación nacional y el socialismo detonaría en las provincias del noroeste. En particular apuntaron a su Santiago del Estero, donde hablan quichua los obreros de los cañaverales y de las minas, los campesinos de la sierra, el pueblo asalariado y sobrexplotado. En ese idioma -y en castellano también- se escribían los folletos y la revista que difundía el FRIP. La revolución en Argentina se iniciaría en la región donde el carácter obrero era indistinguible del indígena.

Es que los levantamientos de Tupac Amaru y Tupac Katari (1780) fueron hechos definitorios en la historia del siglo XVIII. Influyeron decisivamente para que, en las condiciones de 1810, detonaran sublevaciones masivas: las “republiquetas” en Alto Perú, las guerrillas de Guemes en Salta y, sobre todo, el pueblo reunido y armado del artiguismo que, desde 1816, hablaba en guaraní.

Pese a su notoria influencia en los procesos reales, las rebeliones indígenas fueron ignoradas por las ‘historias oficiales’, ni siquiera las reivindicaron las veinte repúblicas surgidas de la mal llamada “guerra de la independencia” que, en realidad, fue una victoria del imperialismo británico. En la segunda mitad del siglo XX, muchos movimientos guerrilleros leyeron la historia como la leía el FRIP y reubicaron en el centro las insurgencias quichua, aimara y guaraní. No es posible suprimir la particularidad histórica de cada proceso social, como, asimismo, tampoco es posible dejar de ver que el rasgo particular está inserto en un proceso general: en la historia de la humanidad que es la historia de la lucha de clases. Lo indoamericano añade un carácter más a las condiciones generales de la lucha.

La teoría revolucionaria indoamericana no puede ignorar su particularidad. El rol que se adjudique a los pueblos originarios será una definición ideológica sustancial del movimiento insurgente en América Latina. Obliga a revisar los conceptos de liberación nacional y de autodeterminación de los pueblos: ¿negarán las futuras insurgencias el derecho ancestral de la nación mapuche a su territorio? ¿a desarrollar como quieran sus relaciones políticas? ¿satisface las necesidades de las naciones quichuas y aimaras un Estado plurinacional? ¿se las obligarán a someterse a un Estado ajeno y extraño, aunque se diga popular y revolucionario? Poder Popular es una concepción que obliga a abarcar lo particular y lo general, es el derecho a la autonomía de todos y cada uno de los pueblos. En enero de 1964 se reunió en Tucumán el último Congreso del FRIP. Se aprobaron las diez tesis que, ocho meses más tarde, se esgrimieron en la fusión con “Palabra Obrera” para dar origen al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Las tesis sintetizaron los debates que precedieron el inicio de la lucha armada en la Argentina, la región y el continente. Despejaron incógnitas, anticiparon, fue la creación intelectual que abonó la acción creadora.


Las dos primeras tesis explicaban que el desarrollo industrial no fue obra de la burguesía nacional argentina, sino de la inversión extranjera con fines colonialistas, una seudo industrialización, pues. No se podía confiar en la burguesía nacional para enfrentar a la oligarquía y el imperialismo. No le interesaba. Una caracterización con enormes consecuencias prácticas. La había esgrimido Ernesto Guevara en “Guerra de guerrillas, un método”, publicado en 1960: “En las actuales condiciones históricas de América Latina, la burguesía nacional no puede encabezar la lucha anti feudal y antiimperialista”.

Asimismo, lo dijo Fidel al cerrar las sesiones de la OLAS: “Hay veces que los documentos políticos llamados marxistas dan la impresión de que se va a un archivo y se pide un modelo; modelo 14, modelo 13, modelo 12, todos iguales, con la misma palabrería, que lógicamente es un lenguaje incapaz de expresar situaciones reales. Y muchas veces los documentos están divorciados de la vida. Y a mucha gente le dicen que es esto el marxismo... ¿Y en qué se diferencia de un catecismo, y en qué se diferencia de una letanía y de un rosario? “(…)” Porque hay tesis que tienen 40 años de edad; la famosa tesis acerca del papel, por ejemplo —para citar una—, de las burguesías nacionales. Cuánto trabajo ha costado acabarse de convencer que ese es un esquema absurdo a las condiciones de este continente; cuánto papel, cuánta frase, cuánta palabrería, en espera de una burguesía liberal, progresista, antimperialista. Y de verdad que nos preguntamos si hay alguien que a estas horas pueda creer en el papel revolucionario de ninguna burguesía en este continente”.

Antes de tomar las armas, el movimiento revolucionario debió dividir aguas con el “esquema absurdo” de los partidos estalinistas, simple justificación de sus devaneos con las burguesías. Las guerrillas de toda América Latina sólo pudieron nacer del rompimiento ideológico con el estalinismo criollo.

En realidad, la debilidad de los burgueses criollos ya venía codificada en el modo de expansión del capitalismo europeo. No vinieron a invertir sus capitales para que se reprodujeran y acumularan en Indoamérica, generando intereses independientes de los centros del capitalismo, sino a saquear y enviar el botín para pagar sus deudas con la burguesía prestamista. Como hoy, como siempre, los capitales se acumularon en los centros del desarrollo capitalista. En esas condiciones era imposible que surgiera una pujante burguesía nacional, por el contrario, surgió la élite de mayordomos y capataces incapaces de pensar en la independencia económica.
Aunque eran muy equivocados los esquemas del estalinismo, los progresismos de hoy día los asumieron como verdaderos, es la ideología que les permite ser buenos pagadores de la deuda contraída con el capital financiero global. Se transformaron en administradores del capital extranjero con un discurso hipócrita, que emplea términos marxistas para disimular su práctica liberal. Antes de las futuras insurgencias habrá que liberarse del freno ideológico del progresismo.


Como ofrecían más bajos costos para la salida de sus productos, las inversiones extranjeras privilegiaban notoriamente las zonas portuarias. De ese modo, a la par que acentuaron la superexplotación en las regiones atrasadas, más alejadas de los puertos, generaron sectores de trabajadores privilegiados en los “islotes industriales”. No hicieron sólo negocios, sino que determinaron diferencias y estructuraron a los productores de plusvalía a su gusto y conveniencia.

Los sindicatos de los trabajadores privilegiados constituyen un imprescindible instrumento de lucha, es verdad, pero, por otro lado, también son la garantía de que la lucha obrera se dará dentro de la constitución y las leyes, es decir, sin salir de la superestructura jurídica de la clase dominante. La gestión institucional –“lobby”- de las reivindicaciones sindicales requiere esos grandes aparatos administrativos y, con ello, se favorece la formación de grupos burocráticos. La burocracia sindical oficia de amortiguador político, de engranaje para el aceitado funcionamiento del sistema, para impedir que la clase se desmadre y se proponga cambiar el sistema.

En contrapartida, dada la superexplotación que sufre el proletariado rural, las ideas y las actitudes de sus direcciones sindicales serán muy diferentes: promueven piquetes, ocupaciones, medidas de fuerza y de choque, organizan el proletariado en función de la lucha frontal y no de “lobby” institucional. Son vehículos de la aspiración difusa a la emancipación, de la necesidad de luchar por el poder. No ven la realidad desde el mismo lugar ni con las mismas gafas de los burócratas.

Sin desmerecer para nada el papel revolucionario del proletariado urbano, el FRIP entendió que los trabajadores rurales y, en particular, los de la caña de azúcar, eran el sector social más explosivo, llamados a ser el detonante de la Revolución en la Argentina, definición que orientó su acción política hacia el Norte argentino, el eslabón más débil de la cadena.

Casi sesenta años después de la definición del FRIP, el proletariado rural ha sido expulsado de las tierras y de la producción agropecuaria. Emigraron a las periferias urbanas, fenómeno sociológico profundo que abarrotó con pobreza las grandes ciudades: Buenos Aires, Santiago, Rosario, Montevideo. Sin embargo, en el actual discurso político sindical continúan predominando los sectores privilegiados, proclives a los pactos y acuerdos con la clase dominante. Borraron la reforma agraria de sus plataformas de lucha. Sin embargo, los descendientes de los condenados de la tierra parecen heredar la condición de sepultureros del capitalismo, de sector social más explosivo y detonante de las grandes transformaciones, vehículo para expropiar -sin indemnizar- los latifundios agropecuarios y urbanos, de la creación de cooperativas agropecuarias que revolucionen el modo de hacer producir la tierra. Es el legado de los fundadores de los movimientos guerrilleros en toda América Latina, de su opción por el proletariado más empobrecido, el que trabaja la tierra (caña de azúcar, forestales, minería, peones de tambo y de estancia, etc.)

En su discurso en las OLAS, Fidel llamó a velar las armas: “(…)” que nadie se haga ilusiones de que conquistará pacíficamente el poder en ningún país de este continente, que nadie se haga el ilustrado y el que pretenda decir a las masas semejante cosa, las estará engañando miserablemente” (…) “esto no quiere decir que hay que agarrar un fusil mañana mismo, en cualquier sitio y empezar a combatir” (…) “tampoco quiere decir que la acción deba esperar al triunfo de las ideas” (…) “precisamente la acción es uno de los más eficaces instrumentos de hacer triunfar las ideas en las masas”.

No fue suficiente su voluntad ni la de los miles que velaron las armas, el Ché en primer lugar. Se debió esperar a que los dueños del capital acudieran a los sables, su recurso favorito. Pasaron del liberalismo al autoritarismo en un par de días, apenas cayó su tasa de ganancias y sintieron que ganaban un poco menos.

En la Argentina de 1966, el golpe “preventivo” lo dieron Onganía y sus “azules”. Derrocaron al presidente constitucional y abrieron los tiempos del palo y la reja. Cerraron los caminos institucionales a los reclamos, pero, pese a ello, los burócratas sindicales subieron al estrado de la dictadura. La tibieza descarada debilitó la hegemonía de la burocracia y, como los trabajadores deseaban combatividad y clasismo, surgió la CGT de los Argentinos.

Al finalizar mayo de 1969 fue el Cordobazo. Agustín Tosco encabezó una marcha pacífica de obreros y estudiantes. Sin justificación alguna fue reprimida y hubo cuatro muertos en un par de horas. El salvajismo trajo consigo barricadas, molotov, piedras y hondas. La manifestación tornó en repudio masivo a la dictadura desde abajo. Las cosas se aceleraron, se comenzó a vislumbrar la guerra que vendría, que no podía ser sólo abierta, legal y pacífica.

Tres meses más tarde, en setiembre, fue el Segundo Rosariazo. Un cuarto de millón ganó las calles de la ciudad y ocupó barrios enteros como Empalme Graneros y Arroyito. Gendarmes y policías fueron desbordados. Finalmente, como en el Cordobazo, Onganía sacó a la calle el ejército para reinstalar la ley y el orden. El PRT intervino organizadamente en este Rosariazo, sus militantes estuvieron en Graneros, recuperaron armas de un puesto de gendarmería que tomaron.

Luego de años de participación en instancias electorales, de severa represión a huelgas y ocupaciones sindicales, de luchas pacíficas derrotadas a palos por la policía, las compañeras y compañeros sintieron la necesidad de pasar al nivel siguiente, el de la franca lucha por el poder. Parece ser que las agresiones del arriba que ya no puede, motivaron el espíritu de lucha del abajo que ya no quiere vivir en las mismas condiciones. Se plantearon los problemas concretos para la lucha por el poder: ¿con qué estrategia, con cuáles herramientas?

La respuesta del PRT llegó el 30 de julio de 1970. En el V Congreso se decidió crear el Ejército Revolucionario del Pueblo. La decisión partidaria correspondía a la combatividad expresada en Córdoba y Rosario. Otros partidos no cargaban la mochila con la teoría y la ideología que hizo posible la responsabilidad política y práctica de asumir una respuesta de esa índole histórica.

Así comenzó la historia de la guerrilla con mayor grado de desarrollo en el cono sur del continente. Hicieron operaciones del porte de los asaltos al Batallón 141 en Córdoba (sin disparar un sólo tiro), a la guarnición de Azul en provincia de Buenos Aires y a la Fábrica Militar de Explosivos (Villa María, Córdoba). No finalizaron exitosamente la tentativa de tomar el Regimiento de Infantería Aerotransportada en Catamarca, ni la del Batallón Depósito de Arsenales 601 de Monte Chingolo, Buenos Aires. En alguna de esas acciones intervinieron hasta 250 compañeras y compañeros. Fue una guerra a vencer o morir.

La estrategia consistía en ir de lo poco a lo mucho, como sostuvieron los vietnamitas y repetimos todas y todos. Era una guerra prolongada, desde la debilidad del foco armado -algo muy diferente a foquismo- hasta la fortaleza del ejército popular con la técnica militar y el poder de fuego suficientes para derrotar el ejército reaccionario. Así ocurrió en China, Argelia y Cuba. Así se peleaba en Vietnam y así poblamos América Latina con armas guerrilleras.

Es otra muy distinta la actual realidad, no vivimos en los ’60, está clarísimo. Sin embargo, los procesos sociales y políticos continúan recorriendo los mismos andariveles que antaño. Por muy liberal y democrático que se diga el sistema, la violencia institucional sigue siendo su instrumento preferido. Sus víctimas soportan las consecuencias, pero pierden la paciencia, pierden la esperanza en que las mayorías electorales puedan transformar revolucionariamente la sociedad.

El voto no defiende a nadie en la ardiente Amazonia, en las rutas cortadas de Bolivia o en la Patagonia Mapuche. ¿Cómo poner fin electoralmente a la silenciosa matanza de luchadores en Colombia? ¿Cómo hacerlo en el Chile de los carabineros exorbitados por el espíritu de revancha? Resurge el mismo imperativo ético que en los ’60 impulsó el movimiento revolucionario. Ello no significa salir a lo loco: los Moncadas que se sufrieron ayudan a ver y pensar mucho mejor. Sin embargo, no hay razón alguna para quitarse las gafas rojas y negras y pensar la realidad color rosadito verdoso.

Es imperioso debatir nuevas formas de insurgencias, discutirlas con Guevara, Santucho, Marighela, Enríquez y Sendic, desbrozar las malezas y cultivar con esmero las mil flores que se abrirán en el futuro. ¿No será preciso analizar el propósito de desarrollar la guerrilla hasta transformarla en ejército popular? La formación de ejércitos también entraña crear las condiciones en que surgen grupos burocráticos que arrojan sombras sobre toda la sociedad. Las jerarquías estrictas coartan el pensamiento crítico y echan a perder el sentido de responsabilidad social, son terreno fértil para las “nuevas clases sociales”, ¿no habrá que explorar más fondo en las formas organizativas de “pueblos reunidos y armados” que nos vienen de los pueblos originarios?

Agradezco esta posibilidad de firmar tan cerca del legado de Mario Roberto Santucho. Me llena de orgullo.

Gracias por el fuego, Robi.

Jorge Zabalza





jueves, 13 de mayo de 2021

¿Dónde están? por Jorge Zabalza

 

12 mayo 2021
 

En memoria de Beatriz Perlas, nacida un 18 de mayo, verdugueada en sus cumpleaños en Punta de Rieles.
 
El primer grito en silencio se dio el 20 de mayo de 1996. Lo convocó Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos-Desaparecidos. Nada de banderas partidarias, ellas y ellos son la bandera y lo seguirán siendo mientras no aparezcan con vida… es decir, por siempre.

Hiciera frío o calor, lloviera o tronara, la marcha se convirtió en ceremonia sagrada. Marchábamos para demostrar que las “viejas” no estaban solas, que era nuestra su lucha por saber la Verdad y hacer Justicia. Hasta en silla de ruedas me llevaron una vez, en el 2015. El temporal del 2019 hizo que me volviera de apuro: todavía siento vergüenza por haber faltado al compromiso aquella noche.

Aunque entraña una crítica al sistema que, para prosperar, necesita la impunidad de sus crímenes, el propósito del colectivo de Madres y Familiares no es revolucionar el capitalismo. Su intención es machacar la consciencia del pueblo con el reclamo de juicio y castigo hasta tomen forma de un “Nunca Más” musculoso y … ¡vaya si han logrado que las multitudes entiendan el mensaje!
En estos tiempos, marcados por el retorno de los brujos, los 20 de mayo se sienten como un chaparrón de certidumbres y perspectivas. Cuando todo es desaliento y desesperanza, la respuesta al llamado de las “viejas” renueva la confianza en las reservas morales de este pueblo que supo resistir, enfrentar y rebelarse contra el terrorismo de estado. Es suficiente, no se les puede exigir más, no me atrevo a pedirles que hagan lo que no hemos podido concretar por más intenciones que proclamemos. Desde el cariño y el respeto, acompaño sus decisiones.

En el país de los amortiguadores, el 99% vive perseguido, relegado, excluido y marginado del poder, algunas más que otros, pero todos en general. Nos somete el Estado, el instrumento que nos compele a vender trabajo por un salario, con el fin de sostener la reproducción y concentración de los capitales ajenos. Son estos dueños de todo, el 1% que vive en la cumbre, los únicos que disfrutan de las libertades y derechos “del hombre y del ciudadano”.

Aun así, el 60% de los uruguayos encuentra positiva la gestión reaccionaria del presidente Lacalle, mientras que, apenas la rechaza un 30%, demostración contundente de la efectividad con que trabajan los operadores políticos: los unos, introduciendo la ideología de la “libertad responsable”, y los otros, dada su debilidad, reforzando la idea de que no se conoce un sistema mejor que la república democrática representativa. Las políticas reaccionarias y las progresistas convergen hacia la misma finalidad ulterior: gestionar el estado para acrecentar la rentabilidad de los negocios privados y atemperar las consecuencias sociales de ese crecimiento. Unos preconizan la versión más edulcorada de la barbarie, en tanto los otros asumen la más salvaje y descarnada versión del capitalismo, pero, en última instancia, reaccionarios y progresistas apuestan a la libre circulación de mercaderías y finanzas y a la libre competencia, a la libertad de los zorros en el gallinero.

En ciertos momentos los que ejercen el poder se sienten insatisfechos con los discursos parlamentarios y el espectáculo partidario en los medios, les parecen insuficientes para sus fines. Abandonan la “democracia” liberal y representativa y sacan la lanza. Se les agota la paciencia, renuncian a la pretensión de amortiguar el conflicto social y, aun en plena “democracia” liberal, recurren al terrorismo de estado como hacen Piñera en Chile y Duque en Colombia. Terrorismo con democracias que funcionan y terrorismo desde la presidencia como en Brasil con Bolsonaro.

Es tanta la bronca antisistema acumulada por los pueblos chileno y colombiano, que nada permite entrever su retorno a la trampa de la “normalidad democrática”, a los dueños del poder les quedan cartas por jugar: la constituyente en Chile y Gustavo Petro presidente en Colombia.
En Chile y Colombia parece amanecer un nuevo ’68, con el abajo que se mueve, erguido, combativo, y el arriba que reprime con ferocidad nunca vista, histérico. Por supuesto, los 2000 son muy diferentes a aquellos ’60 y ’70, pero, tanto el terrorismo de estado como la resistencia al malón se transmiten por vías subterráneas de generación en generación y de país en país. Hoy día, pandemia y campaña del miedo mediante, parecen darse condiciones favorables para la reedición de las revueltas juveniles que sacudieron el Abya Yala en los ‘60.

¿Es deseable que los pueblos salgan a las calles para ser masacrados? No. Por supuesto que no. Definitivamente no. Sin embargo, los dueños de todo aprietan el torniquete sin piedad, se agotan las mediaciones del progresismo y no queda otra salida que correr el riesgo de ejercer el derecho a la protesta y la rebelión. Se lucha contra la infamia o se la consiente. No hay otra alternativa. Encierran los pueblos en un laberinto, los obligan a manifestar a mano pelada contra el más moderno y letal armamento.

¿Llegará la tempestad al Uruguay de los amortiguadores aceitados? Difícil que el chancho chifle por ahora, pero es posible pronosticar que llegará la hora en que se cansarán de ejercer pacíficamente la dominación y soltarán las riendas del autoritarismo desenfrenado. En 1968 desencadenó el proceso hacia el terrorismo de estado la lucha por el boleto estudiantil: Liber Arce, Hugo de los Santos y Susana Pintos. Un motivo menor, se puede decir, que no permitía suponer la barbarie que vendría. El desarrollo concreto de los hechos es impredecible, pero las condiciones de desigualdad, exclusión, miseria y desocupación permiten suponer que las explosiones populares de la costa del Pacífico se extenderán por todo el Abya Yala. Negros nubarrones oscurecen el horizonte de nuestro transitar de clase media.

En este país de la amortiguación, con perspectivas tan tristes y sombrías, reconfortan los 20 de mayo. Retumba el redoblar de los zapatos en la avenida, caminando por el borde del sistema, casi cayendo por la cornisa, ¡hartos de la protección a los crímenes del terrorismo de estado! ¡hartos de la muralla que encubre la impunidad! ¡hartos de que nos endilguen la responsabilidad por las altísimas cifras de infectados! En medio del amansamiento general, el silencio del 20 de mayo es un derrame de realidad, rompe el ensueño virtual. En la Avenida se vislumbra una perspectiva transformadora, pero, claro, luego, como todos los 21 de mayo, casi con toda seguridad las cosas volverán a su estado habitual.

Como los invisibles vasos comunicantes entre los pueblos nos convocan a la solidaridad con nuestros hermanos chilenos y colombianos, este 20 de mayo del coronavirus se debería reclamar por las violaciones a los derechos humanos sufridos por los pueblos en Chile y Colombia. Por un ratito podríamos escapar a la corrección política al grito de ¡nunca más terrorismo de Estado! ¡nunca más desapariciones forzosas, asesinatos, tortura y violaciones para amansar los pueblos de América Latina!






miércoles, 5 de mayo de 2021

«Sendic siempre se movió al margen del Sistema»


 

Por Carlos Aznárez
3 de mayo de 2021
Resumen Latinoamericano
https://www.resumenlatinoamericano.org/2021/05/03/uruguay-jorge-zabalza-sendic-siempre-se-movio-al-margen-del-sistema/?fbclid=IwAR2S9n5n_s3P-_E758crxC5x44HnPAJbxAEyg9gGQZNLUO2YgiY68KS7yG4


A 34 años de la muerte de ese líder inolvidable que fue Raúl Sendic, quisimos evocarlo conversando con Jorge “Tambero” Zabalza, otro dirigente histórico de los Tupamaros y además de gran luchador un implacable crítico con el desvío ideológico de varios de sus viejos compañeros de la organización. Precisamente esos que llegaron a gobernar en Uruguay en el marco del Frente Amplio.

-En este mundo difícil que nos toca vivir, tan mediocre en  lo político y bestial en la explotación de los de abajo, la figura de Sendic y su accionar cobra una dimensión importante. ¿Cuál es el Sendic que rescatas hoy?

-El Sendic que homenajeamos y recordamos es el revolucionario. No queremos que nos roben esa faceta de Raúl que fue la que incidió en Uruguay, Argentina y todo América. La imagen de un revolucionario y no la imagen de un paisano que solo vino a estudiar y se fue a Bella Unión por inspiración divina. Tenía un compromiso grande y anticapitalista. Se recibió de procurador siendo miembro del comité central del Partido Socialista. Podía haber sido abogado, diputado y mantener una vida dentro del “orden y progreso”. Pero no. Junto con Leguizamon,  Andrés Cutelli y otros compañeros del Partido Socialista optaron por sumarse a la lucha de los trabajadores arroceros, remolacheros, de allí viene el nombre de «los peludos», porque trabajan agachados sobre la tierra. Finalmente, luego del pasaje por Paysandú junto con los trabajadores de Norteña llegó a Bella Unión donde se encontró con su clase social, los asalariados rurales, trabajadores de la caña de azúcar. Él, que se crió en medio del campo, conoció la ciudad a los 12 años y se encontraba como pez en el agua en Bella Unión. Ahí se fundó UTAA  (Union de Trabajadores de Artigas) . A principios de los años 60′ comenzaron las luchas, las marchas de Bella Unión hasta Montevideo reclamando derechos de los trabajadores: como horarios de ocho hora, salarios, entre otros, pero también, exigiendo tierras para trabajar ante la expropiación de latifundios y se la dieron a los sindicatos para formar una cooperativa dirigida por los trabajadores.

En las luchas, Raúl fue descubriendo los límites de la democracia burguesa y eso lo llevó a criticar duramente al sistema. Raúl decía «la libertad y los derechos son para los que están en la cumbre, en la punta de la pirámide». Pues son esos los que se sienten representados por los gobiernos liberales. Al poco tiempo, Sendic también dijo: «A los derechos de los trabajadores es más fácil defenderlos con un 38 en la mano que con la Constitución». Fueron definiciones claras criticando al sistema burgués. A partir de allí, viene el desarrollo que lleva y conduce a la formación de la guerrilla Tupamaros.


¿Qué pasó con Sendic  cuando sale de la cárcel? ¿Cómo se relacionó con sus viejos compañeros?

-Parece mentira, pero era un grupo de compañeros descarrilado por el mundo. Gente que combatió en el Salvador, Nicaragua, Angola, Argelia y Europa. Y después estábamos los que estuvimos presos, que salimos con poco conocimiento de la realidad. En ese clima donde  se trabajó para  reorganizar a MLN Tupamaros  hubo una disputa por el poder entre Fernando Widobro apoyado por Pepe Mujica. En ese entonces no podíamos ver lo que se escondía en algunas posiciones confrontadas al exterior de la MLNT. Yo autocritico toda esa etapa de mi vida,  donde nosotros en los calabozos estábamos incomunicados pero nos buscábamos relacionar por medios clandestinos. Sin embargo, terminamos peleando por la neurosis que cargábamos encima entre Marenales, Raúl Sendic y yo. Cuando salimos de la cárcel  estábamos distanciados anímicamente. En lo personal, sentía como una “ruptura con el padre”, esa figura que representaba Sendic para mí.

En esa época, Sendic empezó la organización del Movimiento por la Tierra y contra la Pobreza. Envió al Parlamento un proyecto de reforma constitucional, aunque sabía que no iba a tener éxito, porque proponía la expropiación de latifundios mayores a 2500 hectáreas sin pagar indemnización. Allí hubo una acusación a Raúl en la interna tupamara, se lo cuestionaba porque “estaba loco”. Hoy nos damos cuenta cómo fue manipulada la acusación en el marco de la lucha por el poder . En mi caso, estuve conviviendo con él, mientras  Sendic estaba estaba escribiendo el libro «Reflexiones sobre economía política» y que después prolongó Mario Benedetti, sacado en la clandestinidad de los subterráneos de Paso de los Toros y publicado en México.

Era la demostración de que no había locura y sí una capacidad y lucidez política. Ese libro escrito sin información sobre la realidad, apenas algunos diarios recogidos de los baños, con los que se limpiaban los soldados. Esa era la información que disponíamos o alguna revista Selecciones del Readers Digest, que dejaban entrar.

La militancia de MLNT que fueron convocados, a nuestra salida de prisión, sumaban unos 60 compañeros por lo que la dirección provisoria en ese entonces, se negó por completo y rechazó las acusaciones. Ese fue el gran conflicto en ese momento.

-¿Cuando te reconciliaste con Raúl?

-Después de todos esos malos momentos vino mi reencuentro con él, lamentablemente cuando ya estaba cerca de la muerte. En enero de 1986, cuando la toma en Argentina del cuartel de  La Tablada. En los Tupamaros también hubo diferencias sobre esa acción, como ocurrió con toda la izquierda Argentina. Por ejemplo, era común escuchar: «yo no tengo nada que ver con esto» . Ahí fue importante la actuación de Sendic, Andrés Cultelli, Marenales y otros compañeros que estuvimos apoyándolo para la solidaridad con los compañeros de La Tablada, incluso sentíamos la admiración por una operación militar de alta calidad. Raúl consideraba imprescindible la solidaridad cuando ellos estaban siendo torturados y asesinados. A Montevideo llegaron numerosos militantes huyendo desde Buenos Aires, que buscaban  la casa de Raúl, la sede de nuestra radio o el local del MLNT en la calle Tristán Narvaja. Fue allí donde le dimos atención y solidaridad a todos ellos.

-En un momento difícil del Uruguay actual, y también de América Latina, donde la derecha avanza, el imperialismo golpea de mil maneras y la única medicina que pulula es ese híbrido llamado “progresismo” ¿Que posibilidad vez de llevar adelante algunas ideas de Sendic?


  • En primer lugar, lo que hay que rescatar de Raúl es esa opción de caminar por fuera del sistema, fuera de la democracia representativa y burguesa. Él eligió no integrarse al sistema ni en los años 60 ni tampoco al salir de la cárcel. Optó por la construcción del Movimiento por la Tierra y del Frente Grande para tender puentes en el movimiento social y en el pueblo. No para tender puentes políticos partidarios y transar con el sistema y convertirse en un operador del capitalismo financiero y de las inversiones extranjeras. Al contrario, fue por afuera para luchar por el no pago de la deuda externa. Hoy en día tendría que ser un tema de actualidad porque ¿de qué manera se puede financiar la salida de esta pandemia con un crecimiento de la pobreza? Sin dudarlo: condenando la deuda externa, negándose a pagar los servicios de la misma. Este año, Uruguay va a pagar 1600 millones de dólares por concepto de servicios y amortizaciones de la deuda. ¿Cómo incide la deuda en Argentina? Esa deuda contraída por Mauricio Macri pero pagada por  Alberto Fernández, pagada puntillosamente privando a los argentinos de un capital producido por los trabajadores y que va a parar a manos de los especuladores extranjeros, de los grandes capitalistas financieros del mundo. En el Uruguay tenemos bien claro que si bien hoy lo está haciendo el Partido Nacional, la coalición multi reaccionaria que nos gobierna y la Ministra de Economía Arbeleche, si hubiera estado el Frente Amplio con el Ministro Astori, se haría de la misma manera. En medio de la pandemia se pagaría la deuda externa porque hay que hay que “honrar” la palabra contraída con unos cuantos especuladores que viven en grandes palacios.

En segundo lugar, el mensaje de Raúl pasó por el Movimiento por la Tierra y contra la Pobreza. Unir los dos polos. La necesidad de estos países de cambiar el modo de producir en el campo, terminar con el latifundio y proponer y producir en forma cooperativa, expropiando la tierra de los latifundios de más de 1500 hectáreas, creando cooperativas y pueblos donde puedan ofrecerse todos los servicios de la educación. ¿Donde está el hambre de tierra en el Uruguay? No existe, porque la población del campo ha sido expulsada durante 70 u 80 años hacia la periferia urbana. Y durante el gobierno “progresista” se siguió haciendo más de lo mismo, cuando  gobernaba Mujica. O sea: la extranjerización de la tierra, producción con agrotóxicos y expulsión de la población más vulnerable hacia la ciudad, Todo ello, siguee en el presente. Ese planteo de Sendic era fundamental: unía el rescate de la población de la tierra con la población de las villas y la necesidad de cambiar el modo de producción agropecuaria.

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 29 de abril de 2021

Una flor para Sendic

 


 

HABRÁ PATRIA PARA TODOS. Parte X. "Sus zapatos permanecieron allí, nadie se atrevió todavía a ponérselos" por Xenia Itté. 

SOBRE LA MUERTE DE RAÚL SENDIC

Xenia Itté, la viuda del fundador del MLN, recuerda el último enfrentamiento en el que cayó herido 
La Armada no mató a Sendic porque no querían otro "Che" en América Latina
"Hay que matarlo, es Raúl Sendic, hay que matarlo", gritaba una y otra vez el inspector Hugo Campos Hermida aquella madrugada del 1º de setiembre de 1972, mientras el líder tupamaro estaba tirado en la vereda en medio de un impresionante charco de sangre, herido por una bala que le destrozó el maxilar, los dientes y la lengua. "Yo tenía el presentimiento de que esa noche caíamos en manos de las Fuerzas Conjuntas, pero estábamos decididos a resistir y Raúl ya había dicho que no se iba a entregar vivo", recuerda Xenia Itté, que en aquel momento era la compañera del líder guerrillero, y participó en el tiroteo en el que Sendic cayó gravemente herido. A casi treinta años de aquellos hechos, Xenia dijo a LA REPUBLICA que "pudieron haberlo matado, pero un comandante del Fusna me reveló que no querían tener otro Che en América Latina".

ALVARO RODRIGUEZ

Tres décadas después de aquel enfrentamiento, Xenia Itté recordó el tiroteo con los militares, la detención, la cárcel y los viajes al exterior para atender la grave enfermedad que padecía Sendic.
Hoy tiene 60 años y vive en una chacra ubicada cerca de San Jacinto, en la zona rural del departamento de Canelones. Junto con su actual compañero se dedica a la apicultura y tareas de granja. Estuvo siete años detenida en el Fusna (1972 a 1979) y después pasó a la Cárcel de Punta de Rieles.
"Un mal presentimiento"
Había conocido a Sendic en su ciudad natal, Bella Unión, donde era maestra y también administradora y locutora de una radio local. Muchos años después formó pareja con el líder guerrillero.
Así recuerda hoy el operativo llevado a cabo por la Brigada Nº 2 de los Fusileros Navales (Fusna), minutos después de la medianoche del 1º de setiembre de 1972.
"Nosotros estábamos viviendo temporariamente en un local de la calle Sarandí 225 entre Pérez Castellano y Maciel. En realidad vivíamos en Pando, pero con Raúl veníamos esporádicamente a Montevideo y nos quedábamos allí.
Yo ya tenía el presentimiento de que esa noche caíamos. El círculo se venía cerrando y me daba la impresión de que en cualquier momento nos iban a detener. Las Fuerzas Conjuntas habían apresado a muchos compañeros y ya casi no había locales donde refugiarse.
Raúl había planteado una reculada hacia el Interior, hacia el monte, donde él se sentía más seguro. Incluso, lo más probable era que esa fuese la última noche en ese lugar, porque pensábamos irnos hacia el centro y el norte del país".
"Grabado a fuego"
"Habían pasado unos minutos de la medianoche, cuando sentimos que golpeaban la puerta. Adentro estábamos Raúl Sendic, Jorge Ramada y yo. Desde afuera gritaban que eran las Fuerzas Conjuntas. Nosotros teníamos pensado resistir y Raúl ya había dicho que no se iba a entregar vivo.
Si hay algo que me quedó grabado a fuego fue el momento de la detención. Estábamos en total inferioridad numérica y no teníamos visión alguna. El local tenía una persiana metálica, porque antiguamente funcionaba una peluquería, y después venía un corredor largo y angosto. Allí empezó el tiroteo.
Raúl empezó a disparar con una pistola. Los tres estábamos armados. Nos dio la orden de enfrentarlos y de inmediato nosotros también empezamos a disparar. Desde afuera gritaban por un megáfono que nos entregáramos. En determinado momento, se nos terminaron las balas y Raúl nos dio la orden, a Ramada y a mí, de que teníamos que salir.
Se hizo un silencio y por el megáfono insistían en que nos entregáramos. Raúl les dijo que iban a salir dos compañeros y pidió que les respetaran la vida. Ellos pidieron que empezaran a salir y se comprometieron a respetarnos la vida.
En realidad, nosotros no sabíamos quiénes estaban afuera. Si tenemos en cuenta lo que eran las Fuerzas Conjuntas en aquella época y la forma en que sonaban los disparos afuera, nunca hubiéramos imaginado que pudiéramos contar el cuento".
"El túnel del tiempo"
"Raúl le dio la orden a Ramada para que saliera primero. Desde afuera pidieron que lo hiciera con las manos en alto. Ramada salió y Raúl volvió a gritarles que le respetaran la vida. Se hizo un silencio total. Desde adentro no sabíamos qué estaba pasando afuera.
Al rato volvieron a hablar por megáfono, pidiendo que saliera el siguiente. Raúl, gritando, les dijo que era una compañera y volvió a pedir respeto por la vida.
Salí con las manos en alto. Recuerdo que caminar por aquel corredor era como recorrer el túnel del tiempo. Los minutos parecían interminables.
Cuando llegué a la puerta, encandilada por una potente luz, me tomaron del pelo y me dieron varias trompadas. Me gritaban que me pusiera contra la pared y me preguntaban quién era, cuál era mi nombre.
Lo vi a Ramada que estaba más lejos, tirado en el suelo. Y siguió el tiroteo, mientras le pedían al que estaba adentro que se entregara. Creo que ya sabían que se trataba de Raúl Sendic".
"Hay que matarlo"
"El contestó que tenía más balas y que iba a seguir peleando. Después se hizo un silencio y entraron a la casa. Minutos después sacaron a Raúl, arrastrándolo, totalmente ensangrentado. Vi que le salía sangre por la boca.
Lo dejaron un rato tirado en la vereda, junto a la puerta del local. Se oían sirenas. De repente, llegó una persona que dijo que era el inspector Campos Hermida, y gritaba: 'Hay que matarlo, es Raúl Sendic, hay que matarlo'.
Pero alguien de la Marina dijo que el operativo estaba a cargo de ellos, que era su detenido. Después se acercó una ambulancia y se llevaron a Raúl. El hecho de que quedara boca abajo le salvó la vida, de lo contrario se hubiera ahogado con su propia sangre.
El contaba después que lo trataron muy bien. Lo llevaron al Hospital Militar y le hicieron una traqueotomía para que pudiera respirar".
"No queremos otro Che"
"A mí me llevaron al Fusna. Unos días después el comandante de esa repartición, Julio César Martínez, fue a mi celda y me dijo que Sendic estaba fuera de peligro. Yo no le creí y le dije que todos eran unos asesinos, que habían matado a Raúl. El me respondió: 'No lo matamos porque no queremos tener otro Che en América Latina'.
Un mes después lo trajeron a la cárcel del Fusna. Una madrugada de octubre, me sacaron de mi celda, con los ojos vendados como siempre, y me llevaron hasta su celda.
Cuando me quitaron la venda, lo pude ver. Los dos nos sorprendimos. Tenía toda la cabeza vendada y no podía hablar, le habían pegado un tiro que le atravesó la mandíbula y le destrozó el maxilar.
En ese momento le dije que yo había sido una cobarde porque me había entregado, dejándolo solo. El después me escribió una carta donde me decía que mi actitud había sido muy valiente.
En febrero de 1973 lo volvieron a internar en el Hospital Militar, porque tenían que hacerle una nueva operación. Aquella bala actuó como una granada de fragmentación y le voló el maxilar, el labio inferior y parte de la lengua. Raúl nunca pudo volver a hablar bien.
Después que salimos en libertad, la primera operación importante se la realizaron en Cuba, a fines de 1985. Le hicieron una cirugía, porque tenía la lengua pegada a la mejilla. Después tuvo que hacer cantidad de ejercicios para poder recuperar el habla. Mejoró mucho, tuvo cierta recuperación, pero nunca volvió a hablar bien y se cansaba bastante".
El viaje a Francia
"En febrero de 1989 nos fuimos a Francia, pensando que podía tener alguna mejoría. Raúl estaba muy enfermo. La verdad es que recibíamos ofrecimientos desde todas partes del mundo, interesados en brindarle tratamiento médico especializado.
Pero el hermano, Alberto, y la cuñada Anne Marie, quisieron que nos fuéramos a París, buscando mejores posibilidades de atención.
Estuvo internado en distintas clínicas. Lo atendía un médico especializado en el mal de Charcot, que fue lo que lo afectó al final de su vida. Es una enfermedad que ataca las neuronas motrices. El médico decía que era un caso extraño, por la rapidez con que avanzaba la pérdida de motricidad. Todos los días le aparecía algo nuevo, afectando partes fundamentales.
Lo último fue la respiración y la deglución. Antes de fallecer, Raúl prácticamente no podía comer. Para poder respirar le habían colocado un aparato que sustituía el diafragma. Fue una etapa muy dura, prácticamente todos los días le sustituían alguna función colocándole un nuevo aparato. La enfermedad fue provocada no solamente por la herida de bala, sino por todo el sufrimiento que padeció en las cárceles".
Sendic falleció en París el 28 de abril de 1989, a los 64 años de edad. Fue trasladado a Montevideo el 5 de mayo y, al día siguiente, una verdadera multitud acompañó el cortejo fúnebre hasta el Cementerio de La Teja



HABRÁ PATRIA PARA TODOS. Parte VIII "Continúa la expulsión de la población rural y la extranjerización de la tierra. Eso es institucionalizarse" por Jorge Zabalza, 2a. Parte.






domingo, 25 de abril de 2021

El virus insurgente




Publicado en VOCES 22 abril 2021
Por Jorge Zabalza 

Desde Reactiva Nicolás anota que el espacio con intención revolucionaria -que tengo intención de integrar- “no ha discutido las implicancias de la pandemia”. Es verdad. Nos ahogamos en falsos dilemas. Sin embargo, las aguas esconden certezas que ayudan a configurar la perspectiva transformadora que se precisa para caminar o, una vez más, para recomenzar a hacerlo.

El humano no es un ser superior, aislado de la naturaleza, por el contrario, es hijo de ella. Nació, creció y se desarrolló en estrecha interdependencia con las especies animales. Está integrado a una trama de vínculos entre los animales llamados silvestres, los domesticados y los autodenominados seres humanos. Comparte, además, el pool de bacterias y virus, de enfermedades infecciosas que aquejan a todas las especies animales.

Muchas de esas enfermedades son antropozoonóticas, colonizan los seres humanos e infectan al resto de los animales: sarampión, polio, tuberculosis. Otras, las zoonóticas, recorren el camino inverso, parten de alguna especie salvaje, atraviesan los domesticados y terminan por infectar humanos: ébola, toxoplasmosis, mal de Lyme. De manera que, aun en estado de equilibrio, acechan a la humanidad miles de potenciales pandemias. Ahí es donde interviene el capitalismo y rompe el equilibrio. Su necesidad de reproducir y concentrar el capital lo hace desforestar selvas y montes, abrir minas a cielo abierto, desalojar especies salvajes y comunidades originarias, criar en establos animales domesticados y hascinados.

El 20% de todas las especies animales son murciélagos. Expulsados de su hábitat natural, encuentran alimento en los galpones donde, estabulados, engordan inhumanamente aves y cerdos para alimento de la humanidad. Al chuparles la sangre, los murciélagos transmiten enfermedades a aves y cerdos, quienes, de puro vengativos nomás, contagian a los humanos. Son las necesidades del capital que rompen el equilibrio biológico y … ¡zas! ¡las zoonosis atacan y la OMS declara al mundo en pandemia!

La pandemia beneficia a unos pocos y perjudica los más. Según datos publicados por Forbes, recogidos del Instituto de Estudios Políticos, en el año que corre del 18 de marzo de 2020 al 18 de marzo de 2021, 43 nuevos miembros ingresaron al club de los multimillonarios que, gracias al coronavirus, aumentaron sus riquezas en un 45%. Por supuesto, no parece necesario recalcar que el crecimiento exponencial de ese capital no salió de la nada, fue robado por diversas vías. Eso está claro. Están claras, además, las consecuencias sociales: desocupación, miseria, exclusión, hambrunas. No todas las clases gozan de la misma libertad para hacerse cargo de la pandemia.

También es cierto que los “genios” del capital mundializado disponen de los recursos financieros, tecnológicos e intelectuales para crear y propagar zoonosis artificiales. No hay evidencias claras de que el COVID 19 sea producto de laboratorio. Tal vez algún día se descubran elementos que confirme esas hipótesis. En cambio, no hay dudas que los dueños del mundo son muy capaces de tamaña operación criminal. No olvidar que son los ingeniosos creadores de invasiones y guerras coloniales, del terrorismo de Estado y otras formas de expropiar y concentrar no menos criminales.

El capitalismo crece y se reproduce a sí mismo sin cesar, está invadiendo los últimos rincones del universo que rige la ley de valor y, en consecuencia, el horizonte de la humanidad seguirá oscurecido por la posibilidad cierta de más pandemias genocidas. Es imposible pensar que el capital abandone las actuales prácticas en la producción de alimentos y el uso de muy rentables tecnologías irracionales.

Para eliminar las pandemias es preciso eliminar el capitalismo o, por lo menos, crear conciencia de la necesidad de eliminarlo. No hay otro modo. Eliminar la rentabilidad y concentración del capital como rectoras de la relación entre la naturaleza y la sociedad. En este sentido, los intelectuales de la izquierda europeizada debieran prestar muchísima atención al pensamiento y las prácticas milenarias de los pueblos del Tercer y Cuarto Mundo.

Achacarle a Lacalle Pou el fracaso en el control de la pandemia, no cuestiona el fondo del asunto: las democracias representativas, burguesas y liberales son incapaces de proteger los pueblos de las consecuencias sociales y sanitarias del capitalismo. No es el presidente sino el sistema lo que está fracasando. En otras palabras: no

nos habría ido mejor gobernando otro partido del sistema. Tal vez se pudieran haber tomado mayores medidas asistencialistas, pero no habrían alterado la esencia del capitalismo: el modelo depredador de la naturaleza ni el pago puntilloso de la Deuda. Con Arbeleche o Astori en este 2021 se estarían pagando 1.600 millones de dólares por concepto de servicios de la deuda externa, fondos que dedicados a auxiliar los vulnerados por la pandemia, más vulnerables habrían roto el compromiso del Estado con el capitalismo mundializado.

Insensiblemente, pero sin inocencia alguna, el discurso político, la academia y los medios de comunicación están sembrando un modo de pensar y de sentir que precede la deriva al autoritarismo. Debemos estar satisfechos, nos dicen: gracias a dueto gobierno/oposición somos la democracia de mejor “calidad” de América Latina y del mundo, la vieja idea de la excepcionalidad del Uruguay. Se obvia, por supuesto, que también somos campeones mundiales en cantidad de contagiados por cada cien mil habitantes.
Se está fabricando el espacio ideológico que propicia nuevos imitadores de Mussolini, se nota hasta en el gestito con el mentón. La democracia siempre será de altísima “calidad” para los que viven en la cumbre de la pirámide, gozan de todos los derechos y libertades y participan o consienten las decisiones políticas. Se sienten representados por el sistema.

En cambio, todo el palabrerío liberal de los politólogos es irrelevante para la base popular que, sin capital ni poder político, está forzada a producir sin descanso para no interrumpir la acumulación de capital. Sienten el sistema como algo distante, que le es ajeno y toma decisiones sin ellos y en contra suyo.

Desde el período inicial de circulación del virus, la prédica liberal utilizó el horror para domesticar los sectores populares y reinstalar, sutilmente, el imaginario de obedecer al que manda. Les interesa que el espanto sea el ingrediente central en las decisiones que toman las organizaciones sociales y la oposición parlamentaria. Los convocan a discutir en el parlamento y los medios, a que abandonen el sano recurso a la movilización callejera, único instrumento de poder conque las grandes mayorías populares pueden defenderse de los dueños del Uruguay. Con la pandemia quieren legitimar la mentirosa biblia liberal: separación de poderes, derechos y libertades, igualdad de oportunidades y la teoría del derrame en lo económico.

Mucho antes que el pachecato se instalara (1968), el herrero ruralismo con Echegoyen y Nardone (1958) comenzó a abonar el terreno del pasaje al autoritarismo, a conformar el colchón electoral e ideológico que necesitaba la dictadura anticomunista y antisubversiva. Los fascismos siempre fueron fenómenos de masas. Es el período previo al autoritarismo. Apenas fracasen en la tentativa por convencer de buenas maneras, su recurso será pasar al modo autoritario de la dominación para meter en vereda a los disidentes. Algo que anticipa algunas de las actuales actitudes del actual aparato represivo.

La “calidad” de la democracia debe medirse en participación de las masas en las decisiones de gobierno. En una democracia de muy alta “calidad” la política y el poder se trasladaron hacia las clases populares; todo lo demás es puro verso, aunque se escriba en la facultad de ciencias políticas. En la institucionalidad burguesa, las libertades y los derechos son simple palabrerío para el oído del turista, solía enseñar Raúl Sendic Antonaccio, criticando al batllismo y a su ladero, el socialista Emilio Frugoni. ¡Qué pensaría ahora de sus viejos compañeros, los apóstatas convertidos en operadores ideológicos y políticos de la democracia burguesa!

En cierto momento la muerte deja de ser una consideración abstracta, más o menos remota, para volverse una posibilidad cercana, atemorizante, determinante: hubo matanzas que ayudaron a darse cuenta de quienes sacaban tajada de ellas. La primera guerra mundial creó la subjetividad necesaria para el Octubre Rojo en 1917 y para la insurrección obrera en Alemania (1918). Puede afirmarse que el horror que las masacres produjeron en el pueblo estadounidense ayudó a la derrota de sus fuerzas armadas en Vietnam. Es muy probable que, agregada al terror por la mortandad, la deriva al autoritarismo y la represión que vendrá, provoquen explosiones populares.

El movimiento popular va re-organizando sus fuerzas. Sus primeras expresiones se ven en las ollas populares, la campaña contra la LUC y la que se está iniciando para defenderse de la reforma jubilatoria. Con temores y auto organización, sin medios ni finanzas, se desobedece y resiste el mensaje desalentador que emiten desde las alturas. ¿Dónde conducirá este proceso signado por muertes masivas por una enfermedad producto del capitalismo, que no puede controlar la democracia burguesa, representativa y liberal?

 

 

 

 

 





jueves, 18 de marzo de 2021

Mercenarios


 

por Jorge Zabalza
Publicado hoy jueves 18 marzo 2021 en VOCES.


Es producto del intercambio de ideas en la "Coordinadora Oeste contra toda la LUC" y en la Mesa de Radio Activa. No existe mejor inspiración que los colectivos de compañeres. 

 

En memoria de Raúl Sendic (1925-16 de marzo-2021)

 

Estado, orden jurídico y poder político…diferentes términos que se usan en ciencia política y filosofía del derecho, pero que, en realidad, describen el mismo fenómeno: el dominio de una clase social sobre las otras. Una clase que coacciona y reprime, en diferentes formas, a miles de familias confinadas en los campos de concentración de la periferia urbana; una clase que, para multiplicar su capital, impone su ley y su orden a las centenas de miles que ven esfumarse el poder adquisitivo de sus ingresos. Lo brutal de esa forma de vida vuelve muy necesaria la lucha para ponerle fin, es el fondo ideológico de cada conflicto concreto, la urgencia por liberarse del espanto.

La clase dominante, que no se ensucia las manos trabajando, tampoco quiere ensuciarlas con la violencia institucional y paga mercenarios para que repriman y coaccionen en su nombre. Les pagan para que disparen “munición no letal” (¡vaya eufemismo!) a manifestaciones pacíficas, al estilo carabineros de Chile. Para que fabriquen “falsos positivos” todos los días, imitando a vuestros colegas colombianos. Para que desalojen familias que no tienen otra salida que ocupar terrenos para vivir en casillas miserables. Son la fuerza de tareas de los dueños de todo. En la disyuntiva “con el pueblo o contra el pueblo”, se colocan fuera de la ley natural, esa que garantiza el derecho a la rebelión contra las tiranías, inclusive la del capital.

Si quieren ser abrazados por el movimiento popular, los mercenarios deberán pronunciarse por Verdad y Justicia y repudiar explícitamente los crímenes y los criminales de terrorismo de Estado. Deberán asumir el compromiso de aportar información sobre los desaparecidos, asesinados y torturados por la policía entre 1969 y 1985. Es más, le deben al pueblo explicaciones sobre los asesinatos en “democracia” de Guillermo Machado (1989), Fernando Morroni y Roberto Facal en Jacinto Vera (1994). Si quieren pertenecer al pueblo deberán saldar la deuda moral que contrajeron al ser miembros del aparato represivo. En definitiva, deben definirse de qué lado están.

No parece que la mejor ayuda haya sido consentirlos como a niños mimosos y facilitarles gratuitamente el orgullo de integrar el PITCNT, donde participan los trabajadores que ustedes reprimen. Al no exigirles respuestas trascendentales, el movimiento sindical se hizo eco de la aventura ideológica de “blanqueo” de la policía, del olvido y perdón a su participación en el terrorismo de Estado (1968-1985). Los mismos cánticos de sirena que se entonaron en febrero de 1973 y, atenuados, sonaron luego de la Masacre de Jacinto Vera (1994).

Un buen comienzo para ese necesario proceso de definiciones ha sido la suspensión del sindicato policial por la Mesa Representativa. El escándalo que se armó en el mundillo partidario y los medios de comunicación está obligando a tomar posición. Todas y todos, uniformados o sin uniforme, sienten necesidad de pensar sobre el rol de la policía en una sociedad de clases.

Los mercenarios tienen todo el derecho del mundo a organizarse en sindicatos para acordar con el Estado mejores salarios y condiciones de “trabajo”. Hasta pueden formar sus propias centrales amarillas con soldados y bomberos. En cambio, los sindicatos clasistas no tienen por qué convivir con el brazo armado de la clase dominante. La Convención fue creada en los ’60 para luchar por un mundo sin explotados ni explotadores y…¡¡¡sin Estado!!! Para integrar las filas del PITCNT, los mercenarios deben definir el lado del que están.

Obedecer sin pensar es la consigna de los mercenarios. No parece que posean condiciones para cuestionarse por sí solos las implicancias de asumir el papel de represor en la sociedad de clases. Por el contrario, lo más probable es que, por inercia, comodidad o pereza, continúen haciendo lo que siempre hicieron, saben hacer y volverán a hacerlo. La disciplina de los mercenarios es con sus mandos, no responden al movimiento obrero organizado en la Convención. Hasta es posible que operen como una quinta columna que espía y pasa información en democracia.

La historia muestra que las situaciones traumáticas, sin salida, estimulan las neuronas de los mercenarios… ¿será preciso encerrarlos con un corral de pueblo indignado e insumiso, movilizado, pacíficamente o no, que les exija apuntar las armas hacia la cumbre de la pirámide? La compulsión popular organizada parece ser el único modo de aclarar el entendimiento de los mercenarios. La presión desde abajo los ayuda a cobrar consciencia y a librarse de la sodomía a que se dejan someter cada día.

La creación de la CNT fue enriquecida con el modo de pensar del inolvidable Héctor Rodríguez. Sostenía que la unidad del movimiento obrero permitiría superar las formas de lucha por centro o por rama de trabajo. Avanzar como un todo y no en parcialidades separadas. Sentía que la unidad era estratégica para luchar por la transformación revolucionaria de la sociedad de clases, que iba más allá, mucho más allá, de las pequeñas batallitas. Culminar el plan de lucha en una huelga general por tiempo indeterminado, decía Héctor, es la forma de cuestionar la dominación de los dueños del Uruguay.

Es el legado que se recibe de la Tendencia Sindical de los ’60, el que, con diferencias de enfoque, pero con el acuerdo en la intención revolucionaria, reanimaron los sectores que propiciaron la suspensión de la quinta columna mercenaria. La tendencia combativa, liderada por Héctor, León Duarte, Eduardo Gallo y otros grandes dirigentes, debió hacer frente a otra corriente de pensamiento, la que postulaba eludir la confrontación directa y global con patronales y gobierno, para encontrar una “salida política” a la grave situación creada por el pachecato. El propósito era salir del conflicto de clases mediante un pacto social y político.

En las elecciones de 1971, la gambeta ideológica a la inevitable confrontación se tradujo como opción por la lucha parlamentaria para los cambios, estrategia que puso un freno al período de ascenso de la lucha popular que se había iniciado en 1968 y que, sin dudas, impulsó el levantamiento antes de tiempo de la Huelga General de 1973. Al parecer, sus herederos siguen apostando al parlamentarismo y a desincentivar el espíritu rebelde y combativo, seguros de que la conciliación con el capital es la alternativa.

Jorge Zabalza